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jueves, 3 de febrero de 2011

Abebe Bikila

El año pasado se cumplio el cincuenta aniversario de una de las proezas más grandes del deporte. En 1960 por primer vez un etíope, un africano, conseguía una medalla de oro en unas Olimpiadas. Abebe Bikila ganó la maratón de Roma rompiendo todos los récords, y lo hizo descalzo. Dos horas, quince minutos, 16 segundos y dos décimas en 42 kilómetros con 195 metros de historia. Nadie sabía su nombre, nadie entendía que hacía allí ese hombre delgado, con aspecto de asceta; aquel hombre era África, que en su renacimiento se mostraba al mundo tal y como era, pobre, pero orgullosa.

Abebe Bikila, hasta entonces un completo desconocido, se convirtió en un héroe para los africanos, en plena efervescencia de sus independencias, y en un revulsivo para occidente, que descubría desconcertado la nueva fuerza del continente negro.
Bikila, nacido en 1932 en un pequeño pueblo de Etiopía, era hijo de un humilde pastor de cabras y no aprendió a leer hasta los 14 años. A los 20 años, se alistó a la Guardia Imperial de Haile Selassie como tantos otros jóvenes etíopes que buscaban un sustento. Hasta entonces, el joven Abebe sólo había corrido de forma esporádica, pero cuentan que un día vio a un grupo de hombres que corrían con camisetas con la palabra Etiopía escrita a la espalda, cuando le dijeron que esos atletas formaban parte del equipo nacional, supo cual era su destino.

Abebe, pasó a formar parte del equipo, aun así, era un diamante en bruto sin descubrir; a pesar de haber alcanzado una relativa popularidad en su país, era un total desconocido en el exterior y ni siquiera fue seleccionado para representar a Etiopía en las Olimpiadas de Roma en 1960. El azar quiso que uno de los atletas se lesionara en un partido de fútbol y Abebe fue convocado tan repentinamente que el avión con destino a la Ciudad Eterna tuvo que esperar por él.


El día de la gran prueba, Abebe Bikila, que ya tenía 28 años, se calzó las zapatillas Adidas con las que debía correr, pero no se sintió cómodo con ellas, lejos de desanimarse, Bikila decidió que correría por las calles de Roma como tantas veces lo había hecho, descalzo. Todo el mundo lo miraba estupefacto, ¿quien era aquel hombre sin zapatos?.
Era un día caluroso y la carrera se inició cuando el sol ya caía, los corredores empezaron a marchar a los pies del imponente Arco de Constantino, primero en grupo, luego poco a poco los favoritos, entre ellos el marroquí Rhadi Ben Abdesselam, empezaron a distanciarse del pelotón mientras la luz del día desaparecía y llegaba la noche. Derrepente, aquel fibroso etíope empezó a destacar, su delgado cuerpo avanzaba ante una Roma iluminada, siglos y siglos de historia le contemplaban.
Tras 20 kilómetros de lucha contra su propio cuerpo, Bikila y Abdesselam corrían juntos, en un impresionante duelo por las calles del centro de Roma, un precioso escenario para una batalla que el público seguía emocionado. Los dos atletas corrieron juntos hasta los últimos 500 metros, entonces Abebe avanzó.
Cuando llegó a la meta, con la multitud enloquecida, los aplausos y los flashes, el etiope descalzo, ese esbelto desconocido, no se detuvo y siguió corriendo hasta llegar al Arco de Constantino; allí estaba su gloria, la de toda su nación, a pocos metros de donde Mussolini había partido con su ejército a la conquista de Etiopía. Cuando se le preguntó porque corría sin zapatillas, Bikila fue consciente del simbolismo de su gesta: “Quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, ha ganado siempre con determinación y heroísmo”, dijo. El pastor de ovejas postró ante sus pies descalzos a la Italia colonial, a los necios que nunca creyeron que un hombre negro pudiera realizar tal proeza. Abebe se convirtió en leyenda, y África enloqueció.
Cuatro años más tarde, esta vez calzado, volvió a ganar el oro en la maratón de las Olimpiadas de Tokio batiendo de nuevo la plusmarca mundial con 2 horas 12 minutos 11 segundos. Parecía que su estrella no se iba a acabar nunca, y sin embargo lo hizo.
El declive del atleta más grande de la historia africana empezó en 1968, durante las Olimpiadas de México, la falta de oxígeno sumado a una lesión, le obligaron a abandonar en el kilómetro 17, su carrera se fue subida en ambulancia, esa fue la última vez que se le vio correr.
La diosa de la fortuna es caprichosa, unas veces te da la gloria y cuando menos te lo esperas te la arranca de un zarpazo. Un año después de abandonar en México, Bikila conducía su coche cuando perdió el control al tratar de esquivar una protesta estudiantil. El corredor quedó parapléjico, así de cruel puede ser la fortuna.
Resignado, Bikila aceptó su desgracia: “Los hombres de éxito conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que ganase los Juegos Olímpicos, y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz”, dijo entonces.
Cinco años más tarde, el 23 de Octubre de 1973, Abebe Bikila moría a causa de una hemorragia cerebral provocada por complicaciones debidas al accidente, tenía tan sólo 41 años. 65.000 personas acudieron a despedir al más grande de sus héroes nacionales.
El corredor de maratones etíope Haile Gebrselassie, escribió sobre la importancia del corredor algo hermoso: “Bikila hizo que nosotros, los africanos pensáramos: ‘Mira, él es uno de nosotros, si él puede hacerlo, nosotros podemos hacer lo mismo’”. El corredor descalzó sigue corriendo en las mentes de los africanos.
fuente: La Vanguardia

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